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domingo, 17 de mayo de 2020

XC Aniversario de la muerte de Julio Romero de Torres, pintor de la raza


Emisión colección filatélica de 24 de marzo de 1965, tirada en huecograbado, 28,30 x 3,30 mm (c/u) de la F.N.M.T.
© Del autor, 2020

Se cumple el XC aniversario del fallecimiento, el día 10 de mayo de 1930, del pintor cordobés Julio Romero de Torres, figura poliédrica de aquellos que protagonizaron los movimientos culturales españoles bisagra entre la segunda mitad del siglo XIX y primera del siguiente que, coincidiendo con la afirmación de Fuensanta García de la Torre (GARCÍA DE LA TORRE, F., 2008; 245), ascendió meteóricamente de pintor a mito. No obstante, nunca ha sido fácil el ascenso de pintor popular a icono de masas y finalmente a mito sin dejar pelos en la gatera, sin recibir con la misma intensidad la crítica y el elogio. Sus detractores denuncian un excesivo amaneramiento, mientras que sus admiradores alaban su personal estilo, no siendo más que una misma lente deformante. El mito se sustenta en el cosmopolitismo de un artista cuyas pinturas alcanzan una enorme dispersión en el mercado nacional e internacional del Arte; sin embargo, difícilmente señalaríamos a otro artista más identificado y enraizado en el terruño, tanto que hizo de su Córdoba natal el principal paisaje, paisanaje y motivo recurrente para sus composiciones. Aquí nació el 9 de noviembre de 1874, en el seno de una familia de artistas y diletantes de los más extensos intereses culturales. Sus padres, el pintor romántico onubense Rafael Romero Barros y la sevillana Rosario de Torres Delgado, llegaron a Córdoba para hacerse cargo del Museo Provincial en 1862, donde la familia estableció su residencia por tres generaciones, sucediéndole como directores su tercer hijo Enrique Romero de Torres y su nieto e hijo de Julio, Rafael Romero de Torres Pellicer. En este cenáculo se formaron hasta tres hijos pintores y todos ellos amantes de las Bellas Artes, la Arqueología, la Música, la Literatura y el Toreo. Por ello, es comprensible que los hermanos Romero de Torres disfrutasen de una excepcional formación sobre la que, firmemente anclados en lo local, transcendieran fácilmente a lo universal.



Marca-páginas capitalidad cultural 2016
y Exposición Miradas en sepia, 2006
Rafael, Enrique y Julio no fueron de aquellos de la cuchara de palo en la casa del herrero, y continuaron la tradición familiar en la pericia de los pinceles. Rafael auguraba un brillante porvenir, truncado por su inesperada muerte en 1898; Enrique descuidó su inicial vocación por sus labores al frente del Museo Provincial y los numerosos encargos oficiales en la tutela del patrimonio histórico, con lo que, si no ganó la fama, al menos le procuró la longevidad; quedando a Julio el anhelo por alcanzar los laureles. Haber conocido la casa y el jardín de los que disfrutaron en usufructo las tres generaciones, me ofrece una íntima perspectiva con las vivencias de Julio en aquella bendita tierra cordobesa, sin parangón madrileño, parisino, milanés o bonaerense. El tránsito del pasillo por el que salir al luminoso y frondoso jardín, tan afecto en las composiciones femeninas desde su temprana época luminista, ha sido la experiencia más cercana a entrar en un cuadro, solo comparable al íntimo recuerdo de mis años de guía cultural, cuando en medio de la oscura sacristía de la Catedral primada de Toledo se fue iluminando, en una emotiva progresión lenta y teatral, el impresionante “Expolio” de El Greco, desde la exclusiva presencia de la túnica encarnada de Jesucristo, emergiendo mayestático de entre las sombras, hasta la percepción del bullicio de personajes que se arraciman a su alrededor. 

La definición de un estilo tan personal y a la vez tan icónico en la representación de las estéticas de su tiempo, lo que permite hablar de un Romero de Torres regionalista, modernista o simbolista, más que definir la talla del maestro nos habla del éxito en la recepción de su obra. Esa recepción estuvo mediatizada por la apropiación que el nacionalcatolicismo hizo de su pintura, alcanzando la imagen de pintor de la raza. La incorporación al peculiar universo icónico del Régimen nada tuvo que ver con el personaje, para cuyos funerales tuvo tanto protagonismo la clase obrera republicana, que acudió multitudinaria para acompañar en su último tránsito por las calles de Córdoba a un camarada y compañero. No obstante, el misterioso embrujo racial de sus pinturas más ajenas a la controversia bien pudo representar a una España autárquica y ensimismada de mujeres sensuales, fuertes y orgullosas y hombres adustos, varoniles y valientes. Incluso muchas de las escenas que pueblan las obras del cordobés pudieron tomarse como ilustración de usos sociales que el régimen potenció, subrayando la vigencia del patriarcado, otro aspecto que creo no se colige de su vida y obra. Pero éstas son las paradojas en la aplicación de la teoría de la recepción a una obra cultural: que se deducen aspectos diametralmente opuestos a las intenciones de sus creadores. 


Casa de los Romero de Torres durante obras de climatización del Museo de Bellas Artes de Córdoba en 2005 y 
celebración de los 25 años de dirección del museo por Fuensanta García de la Torre el 20 de marzo de
 2006, tras la rehabilitación de una parte importante del inmueble para su empleo museístico.
© Del autor, 2005 y 2006


Puede parecer banal analizar la emisión por la Fabrica Nacional de Moneda y Timbre española de una colección de sellos dedicada al pintor, pero las producciones filatélicas se nutren en altísimo grado de material artístico y éste adquiere una inmensa presencia en la iconosfera social a travs﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽encia en el ideario i´és del antiguo uso cotidiano del sello. A ello debo sumar que mi personal acercamiento a la historia del arte, que hoy es profesión, se sustenta durante mi infancia en el coleccionismo de sellos y en la visita a museos, conservando íntegra la emisión de Julio Romero de Torres tras la búsqueda en cartas de la época y mercadillos filatélicos locales de piezas mataselladas, más económicas para mi disponibilidad financiera de entonces.

La Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, durante el notable aumento del nivel de vida de los españoles en los años sesenta, inició una floreciente tirada de colecciones filatélicas en la cantidad de series emitidas y en la calidad de su ejecución, donde se incluyó la producción de los principales maestros nacionales: Diego Velázquez, Francisco de Goya, Joaquín Sorolla, Mariano Fortuny o Alonso Cano. Estas emisiones habitualmente contenían unos diez sellos con los franqueos más habituales, incluyendo el fraccionamiento desde los veinticinco céntimos mínimos al máximo de diez pesetas. Para su impresión se empleó el huecograbado a una única tinta y enmarcado de perfil dorado entre la ventana central y el troquelado perimetral, incluyendo en ese espacio blanco del troquelado en su lateral inferior: título, autor y siglas de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre. La colección dedicada a Julio Romero de Torres se emitió por Orden Ministerial de 26 de febrero de 1965 con la prescriptiva tirada de diez sellos: uno dedicado a la efigie del pintor y los restantes a composiciones femeninas.  

Bajo el presente prisma sobre su recepción, el encargo cumplió de forma excelente la selección de las pinturas sobre la base de potenciar el tópico femenino hispano, ya suficientemente asentado por la copla más popular. El formato del retrato domina la serie, cuatro de ellos en composiciones íntegras que se adaptan a la perfección al recorte de la ventana filatélica y, los cincos restantes. mediante una más forzada inclusión del fragmento de un original. No puede sorprendernos que a efectos de los dictados morales del nacionalcatolicismo se exceptuasen los asuntos más conspicuos, pero menos convenientes, como el desnudo femenino. A ello debemos sumar el hecho de incidir en las visiones más tópicas al andalucismo de la cultura oficial, primando las imágenes que vinculen la guitarra, la religiosidad popular o la sensualidad a lo femenino, en ese sentido patriarcal que reduce el deseo al ámbito masculino.
 

Emisión del Banco de España de 100 pesetas (1953) y del sello de 1,00 pesetas (1965)
© F.N.M.T.

El retrato de Julio Romero de Torres, que corresponde al valor de franqueo de una peseta, recibió la tirada más alta de la serie, con más de seis millones de ejemplares, lo que quizá responda a que se trataba del valor medio más habitual en los franqueos, principal comodín sobre el que añadir valores por encima del mismo. Los grabadores de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre emplearon como modelo el mismo usado el 7 de abril de 1953 para la emisión del anverso del billete de 100 pesetas del Banco de España, por lo que al público le resultaría ya familiar en estas décadas la efigie del pintor. 


La niña de la jarra (c. 1927) y edición en sello de 25,00 céntimos (1965)
© Museo Julio Romero de Torres, Ayuntamiento de Córdoba

Mujer y guitarra (c. 1927-1929) y edición en sello de 80,00 céntimos (1965)
© Colección particular

Entre los valores más bajos de la serie se emplearon dos retratos femeninos en estricto primer plano: “La niña de la jarra” para los 70,00 céntimos y “Mujer con guitarra” para los 80,00 céntimos, composiciones entre las más habituales en la década de los años veinte del pasado siglo en la producción de Julio Romero de Torres, donde según los atributos que acompañen a las modelos se nos ofrecen interesantes lecturas simbólicas. En la misma línea se encuentran el retrato conjunto de “Marta y María”, de 1917, y “Viva el pelo”, de 2,50 y 10,00 pesetas respectivamente. En estos cuatro casos, hablamos de composiciones que se trasladan prácticamente en su integridad al huecograbado filatélico, perfectamente acordes al lenguaje singular del grabado de reproducción y su adaptación a las dimensiones del sello.  

 

Marta y María (1917) y edición en sello de 2,50 pesetas (1965)
© Colección particular

Viva el pelo (1927-1929) y edición en sello de 10,00 pesetas (1965)
© Museo Julio Romero de Torres, Ayuntamiento de Córdoba


El resto de la emisión presenta la elección de un fragmento para su traslación filatélica, procurando seleccionar motivos que se encuentren en las coordenadas de su prevista lectura: femineidad, copla, religiosidad y belleza racial. Se acentúa su andalucismo en la elección de un fragmento de “La copla”, composición de 1927 empleada para los 40,00 céntimos. Fuensanta García de la Torre singulariza esta obra en relación con otras anteriores de similar temática, en los términos siguientes: La monumental Consagración de la copla, pintada diecisiete años antes, queda reducida aquí a una única figura, una mujer envuelta en un gran mantón rojo, con una navaja en la liga y una guitarra. Su formato, rematado en medio punto, evoca las pinturas barrocas que tan bien conocía (GARCÍA DE LA TORRE, F., 2008; 153). Su traducción filatélica anula mediante el fragmento gran parte de sus elementos más simbólicos, fijando el foco en exclusiva sobre la mujer y la guitarra, dejando fuera de plano: la navaja escondida en la liga y el inusual formato barroco seleccionado. Se suprime así de un plumazo la singularidad compleja de su lectura a favor de una tremendamente simplificada y plana, sujeta a las coordenadas del tópico que domina la serie.  



La copla (1927) y edición en sello de 40,00 céntimos (1965)
© Museo Julio Romero de Torres, Ayuntamiento de Córdoba


Los valores relativos a 1,50 y 3,00 pesetas seleccionan sendos fragmentos del panneau: “Poema de Córdoba”, obra de 1913 integrada por siete paneles dedicados a distintas épocas histórico-culturales de Córdoba. En concreto, el primer valor corresponde a la “Córdoba barroca” y el segundo a la “Córdoba cristiana”. La primera composición presenta a una hermosa mujer cordobesa a cuya espalda se adivina el homenaje escultórico urbano al poeta barroco Luis de Góngora, bajo el que sitúa a un diestro caballista, no existiendo detalles de más relieve en la obra original. La segunda imagen la conforman dos cordobesas que elevan conjuntamente entre sus manos la efigie de San Rafael sobre pedestal, como símbolo local de su profesión cristiana. Ambas representan en su aspecto y actitudes la clase social de la que proceden, alta la que luce amplia mantilla y se atreve a mirar directamente al observador, mientras que procede de una extracción social baja la vestida con mayor discreción y concentra su tímida mirada en un punto por debajo de la imagen del arcángel. En ambos casos, si enfrentamos los huecograbados con sus lienzos originales no parece que existan aviesas intenciones, tan solo la solución de incluir la parte más significativa del lienzo completo sin que se minimice la imagen, perdiéndose más en lontananza el detalle. 



Córdoba barroca del Poema de Córdoba (1913) y edición en sello de 1,50 pesetas (1965)
© Museo Julio Romero de Torres, Ayuntamiento de Córdoba

Córdoba cristiana del Poema de Córdoba (1913) y edición en sello de 3,00 pesetas (1965)
© Museo Julio Romero de Torres, Ayuntamiento de Córdoba


Para el final, dejamos dos obras de las más singulares en la producción de Julio Romero de Torres: una por ser escasas sus obras estrictamente religiosas, “La Virgen de los faroles” (1928); y el icono universal que hoy constituye “La chiquita piconera” (1929-1930), con los respectivos valores de 70,00 céntimos y 5,00 pesetas. Ambos fragmentos de la obra original constituyen el perfecto colofón de la presente entrada, pues la primera conforma una presentación de la feminidad como icono predilecto a la devoción religiosa andaluza y su contrario la segunda, el oscuro objeto del deseo masculino en torno a la mujer en venta. Así, si la primera no supone una contradicción con el mensaje subyacente a toda la serie, el aislar el segundo sobre el estricto primer plano de Teresa López evita cualquier sórdida interpretación en torno a la supuesta profesión oscura de la modelo a medio vestir, avivando con el atizador el picón candente de un brasero.  

 

La Virgen de los faroles (1928) y edición en sello de 70,00 céntimos (1965)
© Museo Julio Romero de Torres, Ayuntamiento de Córdoba



A modo de conclusión, creo podemos afirmar que la emisión de las obras de Julio Romero de Torres en 1965 perpetuó un marcado sentido de lectura sobre el personaje y su obra, en la línea de los valores sociales y las manifestaciones culturales que le eran más afectas al régimen franquista en torno al andalucismo, el patriarcado, la religiosidad popular y belleza racial femenina. Así mismo, evitó aquellas imágenes que hoy más caracterizan al pintor cordobés, lo que nos induce a concluir que si bien no falseó su producción, al menos la sesgó hacía una premeditada clave de lectura. Suele denunciarse que el mito creado sobre el pintor durante esas décadas fue gratuito, injusto y miope, lo que noventa años después se ha transformado en un singular caleidoscopio que nos libera de apriorismos y nos permite lecturas más personales sobre su arte. Este íntimo homenaje que conmemora la ausencia del pintor, no puede ser fruto más que del profundo cariño y admirada devoción profesional a una de sus más perspicaces biógrafas: Fuensanta García de la Torre. 



La chiquita piconera (1929-1930) y edición en sello de 5,00 pesetas (1965)
© Museo Julio Romero de Torres, Ayuntamiento de Córdoba

Bibliografía: 

DOBLAS José (coord.), Catálogo de la exposición filatélica y de coleccionismo. Julio Romero de Torres, 75 años de su muerte, Córdoba, 2005.
GARCÍA DE LA TORRE, Fuensanta, Julio Romero de Torres, pintor 1874-1930, Madrid, Editorial Arco/Libros, 2008.
MUDARRA BARRERO, Mercedes, Rafael Romero Barros. Vida y obra (1832-1895), Córdoba, 1996.
PALENCIA CEREZP, José María, Enrique Romero de Torres, Córdoba, Consejería de Cultura, Junta de Andalucía, 2006.
VALVERDE CANDIL, Mercedes … [et al], Julio Romero de Torres. Miradas en sepia [Catálogo Círculo de la Amistad de Córdoba, 16 de marzo a 16 de abril], Córdoba, Ayuntamiento, 2006.

viernes, 10 de abril de 2020

Baile de gala en el Palacio de Villahermosa. Crónica social de José Moreno Carbonero en el Museo de Málaga


Baile en los salones de la marquesa de Esquilache en honor del embajador marroquí Sidi Brisha [febrero, 1895]
 José Moreno Carbonero, óleo sobre lienzo, 43,00 x 66,40 cm
© Del autor, 2016


Las salas de un Museo presentan el aspecto de grandes espacios vacíos, llenos de ventanas por las que observamos distintos mundos lejanos, parecidos o extraños al que habitualmente habitamos. Acercarnos al marco de una pintura es romper con la mirada el plano bidimensional y sumergirnos en una realidad paralela, una dimensión espacio-temporal que parece existir autónoma tras la pared que la linda y circunda. No obstante, para que esas realidades paralelas acontezcan es imprescindible el concurso de nuestra mirada, la consciencia que aprecia, comprende y disfruta de lo que observa. En ese juego de complicidades entre nosotros y las obras plásticas se encuentran sus autores, estilos, circunstancias históricas, asuntos concretos y decisiones museológicas, contando historias que a veces parecen triviales o trascendentes bajo el prisma del autor y las razones de presentación del museólogo. Éste podría ser el caso de la obra que hoy analizamos, una cómica escena de extraño baile donde conviven los europeos en ridículas poses frente a un circunspecto grupo de norteafricanos, reconocibles por su característico atuendo en segundo plano de la escena, inusual composición del pintor escasamente sarcástico José Moreno Carbonero (Málaga, 1858 – Madrid, 1942), a pesar de la enorme tradición en la plástica malagueña coetánea de la cómica parodia política y social.    

El objeto de la presente entrada es acompañar la mirada en la observación de un pequeño lienzo de técnica tremendamente abocetada, cuya lectura nos la facilita su autor mediante dos leyendas autógrafas sobre el lienzo: Baile de la marquesa de Esquilache en honor del embajador marroquí Sidi Brisha / Febrero / 1895, en su ángulo inferior derecho; y Baile en los salones de los marqueses de Esquilache en honor de Sidi Brisha / embajador de Marruecos, en su borde inferior. Inusual duplicidad en la anotación autógrafa de una obra, debiendo entender el pintor que no había incorporado suficientes notas en la representación como para aclarar su lectura, siendo necesario el apoyo en la palabra. El pequeño boceto, en la línea de la crónica satírica ilustrada de la prensa, hace referencia a uno de los acontecimientos más rocambolescos en las relaciones decimonónicas entre reinos vecinos: España y Marruecos.
 

Baile …, de José Moreno Carbonero en exposición permanente del Museo de Málaga
© Del autor durante el montaje, 2016

Sidi Brisha, el primero de los personajes a los que alude el presente relato, fue el integrante de una noble familia magrebí que había alcanzado gran reputación en el servicio a su monarquía, formando parte de varias delegaciones diplomáticas y comerciales por distintas capitales europeas, varias de ellas en Madrid, donde se afirmaba haber demostrado gran aprecio por la reina María Cristina de Habsburgo. Casi sexagenario, recibió el encargo de presidir las negociaciones que ante el Gobierno español debían dar cumplimiento a las compensaciones económicas de guerra establecidas en el Tratado de Marrakech de 5 de marzo de 1894, un negocio crucial a las arcas en bancarrota de la corona norteafricana e imprescindible a los mermados fondos españoles y a su crédito en la carrera por el colonialismo europeo en la zona. La recepción de la delegación diplomática marroquí estuvo presidida por una campaña en prensa poco favorable a la pacificación de ánimos entre contendientes, preludiando con nefastos augurios lo finalmente acontecido. El crucero Reina Regente condujo a la embajada marroquí de los puertos de Tánger a Cádiz, alcanzando la capital el 28 de enero de 1895, donde fue alojada en el Hotel Rusia de la madrileña Puerta del Sol. Al día siguiente, cuando la embajada se disponía a acudir al Palacio Real en audiencia con la reina y el presidente del Gobierno, Práxedes Mateo Sagasta, un incidente cambió el curso de los acontecimientos. 



Sidi Brisha y Miguel Fuentes, caricaturas de Ángel [1895]
El Nuevo Mundo. Crónica Semanal Ilustrada, jueves 7-febrero-1895, p. 9

A la salida de Sidi Brisha del establecimiento hotelero, se cruzó en su camino el brigadier en la reserva Miguel Fuentes y Sánchiz, quien sin mediar palabra propinó un sonoro bofetón al embajador, al grito: “¡Yo soy Margallo!”, en alusión a los nefastos sucesos contra el acuartelamiento español en Melilla. Los ríos de tinta corrieron en la prensa e, incluso, la actual historiografía española aún fabula sobre anécdotas en torno a la tribulación de Sagasta, a la mediación patriótica de la reina apelando a su condición de dama o a los aspavientos coléricos del embajador, solicitando el pago de la afrenta en sangre hispana. Lo cierto es que la diplomacia española tuvo que reaccionar con rapidez y ofrecer las más humildes disculpas por el obsceno gesto, que el periodista liberal y defensor de una "penetración pacífica" de la misión colonial española en Marruecos Gonzalo de Reparaz (Oporto, Portugal, 1860 - México, 1939) calificó, en El Nuevo Mundo de 7 de febrero de ese año, como necesaria: […] reparación ante el patriotismo teatral y delirante, que nada prevé, que no razona nunca, y que en cambio grita y malgasta retórica vacía. El Gobierno, el Parlamento y la prensa pronto se alinearon en la prudente tesis de una transitoria locura del apresado cuarentón Miguel Fuentes, aunque no fuese más que el producto del nefasto ambiente patriotero creado en sus prolegómenos, pero que dio una ventaja en las negociaciones al sagaz Sidi Brisha, quien desde una inesperada atalaya de autoridad moral, obtuvo la quita de la mitad de las compensaciones de guerra que originalmente ascendían a dos millones ochocientos mil duros, con el consiguiente ahorro a las arcas marroquíes y el gasto millonario a los españoles por la patriótica bofetada.

Por iniciativa de la corona, quien pretendió aliviar en todo lo posible la tensa situación generada, se instó a la flor y nata de la sociedad madrileña al agasajo de la comitiva durante el mes de febrero en que tuvieron lugar las negociaciones, por lo que en la prensa satírica tuvo especial eco la actitud tanto política como social dolorosamente complaciente con la embajada marroquí, en una muy arraigada costumbre nacional de ridiculizar aún aquello que más conviene. 


Caricatura de Sagasta planchando las túnicas de media luna,
Ramón Cilla Pérez (Cáceres, 1859 – Salamanca, 1937)
El Nuevo Mundo, Madrid,  jueves 7 de febrero de 1895, p. 13

A los deseos de la reina regente de agradar a la embajada marroquí acudió presta una de sus damas, siendo el segundo personaje de esta historia, Dª María del Pilar de León y Gregorio (Córdoba, 1842 – Madrid, 1915), marquesa de Esquilache. La joven, criada en Granada y que vivió su primer matrimonio en La Habana (Cuba), contrajo segundas nupcias con el político, escritor y periodista Victoriano Mantilla de los Ríos, defensor de la restauración monárquica en España, lo que le granjeó la amistad de Alfonso XII quien, además de otorgarle un marquesado, le confió las delegaciones diplomáticas primero de Washington D.C. y más tarde de Constantinopla. Nuevamente viuda, Pilar de León se estableció definitivamente en Madrid en la calle Barquillo, cuya residencia fue uno de los más renombrados salones de la buena sociedad matritense. En las reuniones que organizaba conoció al joven diputado en Cortes, el malagueño Martín Larios y Larios, con quien contrajo matrimonio en secreto el año 1887 ante la férrea oposición de la acaudalada familia malagueña, que incluso pleitearon durante todo el año siguiente para lograr la inhabilitación del esposo en la libre disposición de sus bienes. Ganado el pleito por el feliz matrimonio, cambió el tren de vida de los recién nombrados marqueses de Esquilache que establecieron su residencia en el Palacio de Villahermosa en la madrileña Plaza de las Cortes, donde sin duda tuvo lugar el espectacular recibimiento de la embajada marroquí en torno al día 1 de febrero de 1895. 



Dª Pilar de León (1842-1915), 
marquesa de Esquilache y Grande de España
Su tercer esposo había fallecido ya prematuramente en 1889, quedando la marquesa de Esquilache en propiedad de una considerable fortuna y al frente de sus negocios, así como de la amistad del afamado pintor malagueño José Moreno Carbonero. A éste correspondió la crónica social del baile en la residencia de la viuda, ofrecido en desagravio a Sidi Brisha y su amplia comitiva diplomática, cuya descripción plástica es fiel trasunto de las crónicas periodísticas de la época. Por ello, no me resisto a transcribir la narración en prensa que, en su columna sobre novedades sociales y teatrales madrileñas “Conversaciones”, publicó el periodista José Gutiérrez Abascal (Madrid, 1852- 1907) —bajo el pseudónimo de Kasabal— en la revista ilustrada semanal El Nuevo Mundo del jueves 7 de febrero de ese año quien, no sin ciertos prejuicios occidentales en esa construcción mental que justificó la carrera colonialista europea, navega en las procelosas aguas entre la exaltación del severo comportamiento del otro y el ridículo que hace uno mismo : 

Los individuos que componen la embajada marroquí han sido durante la pasada semana los héroes de los salones madrileños, y el blanco jaique y el retorcido turbante han triunfado sobre el negro frac y el aplastado gilms. / Si los moros hubieran querido bailar vals, de seguro que se quedan sin pareja los payos madrileños y los attachés de todas las naciones de Europa, y hubiéramos visto a hermosas descendientes de los héroes de la reconquista enlazadas por la cintura con los vástagos de los que suspiraron con Boabdill al perder para siempre de vista las torres Bermejas del asombroso palacio de Granada. [ …] La media luna caída de las fortalezas moras, que llegaron a ser por el esfuerzo de legiones de héroes fortalezas cristianas, brillaban en el sarao de la marquesa de Squilache (sic) sobre el pecho y sobre la cabeza de hermosísimas damas, que recordaban a aquellas bellas nazarenas que hacen enloquecer de amor a los Gomeles y Zenetes de las orientales de Zorrilla / La civilización europea lucía todos sus esplendores para recibir a los representantes del Sultán de Marruecos, y la luz eléctrica partiendo de potentes focos, las obras de arte mostrando sus primores, las verdes plantas extendiendo sus pomposas ramas, los dorados espléndidos y las sedas bordadas recogidas en elegantes pabellones, todo parecía dispuesto para decir a los que han quedado rezagados por intransigentes fanatismos en el camino del progreso […]  Y sonó con dulcísimos acordes la orquesta y los moros se sentaron regocijados en el espléndido salón, pensando sin duda en que habrían venido al mundo las huríes del paraíso de Mahoma, al ver aquellas damas hermosísimas envueltas en ricas telas, y sobre sus cabezas y cuyos senos desnudos chispeaban los brillantes y fulguraban las esmeraldas y los rubíes, copiando fosforescencias del mar, y destellos de luceros, y al contacto de cuyas suavísimas carnes parecía que se redondeaban las perlas de irisados orientes que llevaban engarzados en sedosos hilos. […] Los moros del séquito hacían esfuerzos por permanecer graves, solemnes e indiferentes en medio de aquel espectáculo, pero no podían contener la expresión de sus ojos, que brillaban involuntariamente al fijarse en algunas de aquellas bellezas que se presentaban a ellos libres de discretos velos. Cuando comunicaron sus impresiones por medio de los intérpretes, manifestaron que lo que más les asombraba era que las damas se tapasen las manos con los guantes y se descubriesen la cara, el pecho y los hombros. […] Lo que no pudieron ocultar fue el mal efecto que les causó ver bailar a los hombres […] aprisionado en un frac negro con faldones que menean como aves de mal agüero, con las piernas como flautas embutidas en fundas también negras y dando vueltas al compás de la música, ¡vamos!, esto no lo comprenden los varoniles hijos de las africanas tierras, encariñados con su atrasadísima civilización. 


Salón de Invierno del Palacio de Villahermosa a finales del siglo XIX
© Archivo ABC, Prensa Española, c. 1895.

Ninguna descripción podría competir en fidelidad con aquella de quienes fueron testigos de la exótica participación en el baile de la embajada norteafricana, enfrentando la discreta contención alcohólica islamita con las efusivas muestras de comportamiento desinhibido de las parejas cristianas. José Moreno Carbonero traslada al lienzo los epítetos de la pluma de Kasabal, dejando volar el pincel nervioso por la composición casi de instantánea fotográfica en la traducción de los desdibujados fondos aterciopelados de la estancia, el despliegue selvático de las palmeras interiores y las amplias zonas sin pigmento que traducen los destellos de las luminarias. La comitiva diplomática marroquí sentada o dispuesta en pie en segundo plano, que parecen proferir algunos de los comentarios ya transcritos en la crónica de prensa, posee un estoico aspecto escultórico que contrasta con el grácil movimiento de los vestidos femeninos y el extraño flexionar dionisíaco de las piernas masculinas, donde indiscutiblemente se concentra la intensa comicidad de la escena. 
 

Doctor Ovilo, médico español incorporado a la embajada, por E. P. Dalmav [1895]
El Nuevo Mundo. Crónica Semanal Ilustrada, jueves 7 de febrero de 1895, p. 9
La escultural presencia monolítica marroquí, frente al dinamismo pictórico de los españoles de frac


La abocetada obra quedó en posesión del pintor, quizá con la inicial intención de trasladarla a definitiva composición o como apunte con el que poder colaborar en las revistas ilustradas en las que habitualmente publicaba, una rara avis en la producción de uno de los pintores más populares al trasladar al óleo las victorias militares españolas de la Guerra de Marruecos y retratar a sus héroes en el primer cuarto de la siguiente centuria. Además, el episodio del sarao en el Palacio de Villahermosa no debió ser un evocador recuerdo a posteriori, pues, tras despedir a la delegación diplomática en el puerto de Tánger dando por concluida las negociaciones y al regresar el crucero militar Reina Regente hacia Cádiz el 1 de marzo, sufrió una cruenta embestida del intenso oleaje que encrespaba las aguas del Estrecho, hundiéndose con más de cuatrocientos miembros de su tripulación, lo que causó una profunda conmoción nacional. Finalmente, la obra formó parte del legado de la nuera del pintor, Dª Josefa Travesedo y Silvela, viuda de José Moreno Castells, con destino a instalar en el Museo de Bellas Artes de Málaga una sala monográfica dedicada al gran pintor, inaugurada en 1973. Hoy como ayer, el singular lienzo se exhibe en compañía del resto de obras del pintor, subrayando su excepcionalidad en ejecución, aspecto y destino, el libre ejercicio íntimo sobre una crónica social a caballo entre el esperpento y la caricatura. 
 

Sala Romántica en planta baja del Palacio de Buenavista, Museo de Málaga, inaugurada en 1973 
monográficamente con el legado José Moreno Carbonero
© Archivo fotográfico, Fundación Unicaja, Registro nº 917

Bibliografía:
GUERRERO ACOSTA, José Manuel (Dtor), El protectorado español en Marruecos (1877-1921) Vol. I. Repertorio biográfico y emocional. Madrid, IBERDROLA, Colección Páginas de Historia [s.a.].
OLALLA GAJETE, Luis Fernando, Museo de Málaga. La pintura del siglo XIX, Madrid, Ministerio de Cultura, 1980, pp. 159-160 (cat. nº 158, p. 60).
PALOMO DÍAZ, Francisco, “La pintura costumbrista del siglo XIX en Málaga”, Boletín de Arte 9, Málaga, Departamento de Historia del Arte, Universidad de Málaga, 1988, pp. 259-277.  
PAREDES GONZÁLEZ, P. Jerónimo OSA, “María Cristina de Habsburgo y Lorena. Una mujer tres veces reina. 75º Aniversario de su muerte: 1929-2004”, LEA, La Escuela Agustiniana 77, Madrid,  Provincia Agustiniana Matritense, enero-marzo 2004, pp. 24-29.
SAURET GUERRERO, Teresa, José Moreno Carbonero. Homenaje en el 150 aniversario de su nacimiento (1858-1942), Málaga, Museo del Patrimonio Municipal, 2009.
VV.AA, Moreno Carbonero. Homenaje al glorioso maestro, Málaga, Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, Imprenta Iberia, 1943.

Prensa:
BECKER, J., “España y Marruecos. Extravíos de la razón”, El Nuevo Mundo, Crónica semanal ilustrada (Año II, nº 57), Madrid, jueves 7 de febrero de 1895, p. 4.
KASABAL, “Conversaciones”, El Nuevo Mundo, Crónica semanal ilustrada (Año II, nº 57), Madrid, jueves 7 de febrero de 1895, p. 5.
PARRONDO, Gil, “Palique. La bofetada”, El Nuevo Mundo, Crónica semanal ilustrada (Año II, nº 57), Madrid, jueves 7 de febrero de 1895, p. 7.
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