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domingo, 23 de febrero de 2020

Un servicio angelical a Jesús y a su madre en el Museo de Málaga.



Cristo servido por los ángeles. Anónimo andaluz, siglo XVII. Óleo sobre lienzo, 200,00 x 400,00 cm
Museo de Málaga



Los fondos con los que un Museo cuenta son el resultado de la combinación entre la disponibilidad de bienes culturales muebles existentes en su entorno a lo largo de la vida de la institución y la diligencia adoptada por sus responsables en su ingreso. Así, contamos con periodos temporales de intensa actividad en el incremento de colecciones, frente a otros en los que apenas existe actividad en ese sentido, no siendo menor aquellos bienes muebles de los que constatamos su existencia sin poder precisar en base a registros documentales su procedencia y fecha de ingreso exactas. Suelen ser piezas que al personal técnico nos interpelan con misteriosa fuerza, retándonos a descifrar los secretos arcanos conjurados en su ingreso en nuestras colecciones y los ocultos motivos de esa ausencia documental, manteniéndonos continuamente acechantes sobre insospechados descubrimientos en los registros que nos orienten y, finalmente, confirmen o descarten nuestras iniciales suposiciones. Este podría ser el caso de la obra Cristo servido por los ángeles, un óleo sobre lienzo de unos dos metros de alto por cuatro metros de ancho, atribuido en la década de los ochenta por el profesor Agustín Clavijo García a escuela andaluza del siglo XVII.

La tradición iconológica cristiana ha circunscrito este episodio a la conocida como vida privada de Cristo, integrada por todos aquellos acontecimientos biográficos previos a su Pasión y Muerte. En los relatos evangélicos de San Mateo (Mt 4, 1-11) y San Lucas (Lc 4, 1-13)  se sustenta la narración del episodio del intenso ayuno que durante cuarenta días con sus correspondientes noches enfrentó Jesucristo como prueba de fortaleza de ánimo ante las tentaciones del mundo, durante su retiro en la soledad eremita de las desérticas áreas próximas a Judea, hacia donde se supone fue conducido por el Espíritu Santo desde su bautismo en el Jordán. Sorteadas con éxito las tentadoras pruebas, Jesús fue reconfortado de su prolongada abstinencia por un nutrido grupo de arcángeles y ángeles que le sirvieron de comer y beber entre plantas aromáticas y los pétalos de las más exquisitas fragancias. Para numerosos teólogos, San Marcos (Mc 4, 12-13) incluyó en su relato una síntesis de los textos del resto de evangelistas sobre la cuarentena con la que Satanás tentó al Redentor en el desierto, tras cuyo triunfo fue servido por los ángeles de Dios, entendiendo el desierto más como un espacio teológico que geográfico, continuando con la alusión constante del Antiguo Testamento a la conducción del pueblo hebreo a través del yermo páramo como prueba irrefutable de Fe. El desierto es el escenario idóneo lejos del bullicio y las seducciones mundanas donde el hombre puede experimentar la presencia de Yahvé. Como justa recompensa, el Salvador fue servido de un abundante ágape por una corte angelical, mientras otros le amenizaban con piezas musicales con que distraerle y atenuar los sollozos de las pecaminosas tentaciones, que huían aterrorizadas de la escena entre alaridos expulsadas por un grupo de arcángeles guerreros. Esta escena de la vida privada de Cristo se entendió como una prefiguración de la Eucaristía en un sentido más amable que su última cena, dentro ya de los pasajes de pasión y muerte. 

En 1937, Enrique Lafuente Ferrari atribuyó a la Compañía de Jesús la inclusión de este episodio en los refectorios conventuales masculinos españoles, tras el encargo hacia 1600 al pintor Pablo de Céspedes (1538-1608) de un gran lienzo para sustituir la Sagrada Cena del refectorio de su Casa Profesa de Sevilla, hoy identificada por Benito Navarrete y Pedro Manuel Martínez con el Cristo servido por los ángeles del Palacio Real de Madrid. Para Lafuente Ferrari, la elección del asunto vino determinado por la vía meditativa recogida por San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios espirituales sobre el significado alegórico del servicio angelical al Redentor como recompensa tras su ayuno y victoria sobre las tentaciones terrenales, un tema mucho menos dramático para decorar los refectorios y más afecto al estilo de cotidiano realismo de la primera escuela naturalista sevillana. Así, el episodio fue conceptuado como uno de los más adecuados para la ornamentación de la cabecera de los refectorios conventuales masculinos en sustitución de la Sagrada Cena, en composiciones amables que inspirasen las frugales comidas y prescriptivos ayunos seguidos por las comunidades religiosas, pues inspiraba un modelo de conducta ante la promesa de una beatífica recompensa celestial tras abjurar de los pecados mundanos de la carne. Los grandes formatos alcanzados en este tipo de obras vinieron facilitados por su destino en estos amplios espacios arquitectónicos, con numerosos metros lineales donde exhibir los lienzos. Existen más precedentes en composiciones sesentistas como el más conocido Cristo servido por los ángeles de Francisco Pacheco (1564-1644), realizado en 1616 para el refectorio del sevillano convento de San Clemente el Real, así como numerosísimos consecuentes en refectorios conventuales nacionales y latinoamericanos en los siglos sucesivos.


Cristo servido por los ángeles (c. 1600). Pablo de Céspedes, óleo sobre lienzo, 290,00 x 320,00, Patrimonio Nacional, Palacio Real de Madrid
Cristo servido por los ángeles en el desierto (1616). Francisco Pacheco, óleo sobre lienzo, 268,00 x 418,00 cm. Museo Goya (Castres, Francia)

En la tradición europea y concretamente en la italiana, que inspiró directamente a Pablo de Céspedes, existen numerosos ejemplos de escenas en que no se dispone de servicio en mesa, sino que Cristo aparece en pie o sentado directamente sobre las rocas rodeado por los ángeles, aportando Manuel López-Villaseñor una apreciación que me resulta interesante sobre aquellos autores que tradujeron a San Marcos directamente del griego, donde el verbo diakonein es servir en la mesa, de donde se deducirían las fuentes de interpretación hispanas aquí mencionadas. Así, tanto la composición frontal de Pablo de Céspedes para los jesuitas sevillanos, como la perpendicular de Francisco Pacheco emplearían la descripción evangélica de San Marcos, más explícito en su narración que los escuetos relatos de San Mateo o San Lucas.  
 

Cristo en el desierto servido por los ángeles (c. 1616). Giovanni Lanfranco, óleo sobre lienzo, 116,00 x 147,00 cm
@ Colección Farnesio, Museo de Capodimonte (Italia)

En el ámbito malagueño también encontramos este tipo de grandes composiciones destinadas a los refectorios conventuales, siendo la más conocida El convite de Jesús en la casa de Simón el Fariseo, obra de Miguel Manrique (1602-1647), que fue encargada en 1642 por el conde de Mollina para decorar el refectorio del convento de frailes franciscanos mínimos de La Victoria, hoy en la catedral malagueña tras su desamortización. Este episodio de la vida de Jesucristo y sus apóstoles en torno al convite en la casa de Simón, conocido como el fariseo, incluye la irrupción de una mujer arrepentida en la celebración del festín, quien lava con sus lágrimas los pies de Cristo, los seca con sus largos cabellos y termina por perfumarlos con ricos ungüentos. Su fortuna iconográfica no debió tener el amplio recorrido de los episodios anteriormente mencionados, pues frente a la amabilidad del primero y el cruento desenlace que preludia el segundo, el convite en la casa del fariseo introducía cierta connotación lasciva capaz de distraer de sus reflexiones a los religiosos durante sus frugales comidas. No obstante, los elementos culinarios centrales de composición comparten las coordenadas generales entre los tres episodios de la biografía privada y pública de Jesucristo que interesa exhibir en los refectorios.
 

El convite de Jesús en la casa del Fariseo (1642), Miguel Manrique o Miguel de Amberes, óleo sobre lienzo,
Capilla de San Julián, Catedral de Málaga


Los fondos documentales y bibliográficos del Museo de Málaga no presentan mención de la obra conservada, hasta la certificación de su director Rafael Puertas Tricas el 27 de mayo de 1984 sobre la realización por el profesor de la Universidad de Málaga Agustín Clavijo García del trabajo: La pintura de los siglos XVI, XVII y XVIII en el Museo de Bellas Artes de Málaga, resultado de los trabajos de catalogación general que se realizaba sobre los fondos de la sección de Bellas Artes del Museo de Málaga durante aquel lustro. Cristo servido por los ángeles, anónimo andaluz del siglo XVII en lienzo de 183,00 x 430,00 cm, recibió el número 50 en la publicación que se anunciaba editaría en breve el Servicio de Publicaciones del Ministerio de Cultura, única inédita de las enfrentadas en estos años sobre la catalogación de fondos arqueológicos y artísticos del Museo de Málaga. Más enigmática resulta la inclusión de la obra en la reproducción fotográfica sobre las restauraciones en el museo malagueño del catálogo Bellas Artes’83 (Madrid, 1983), exposición ministerial que en Málaga tuvo lugar del 18 de noviembre al 30 de diciembre de ese mismo año, bajo el comisariado de Isidoro Coloma Martín. Dicha perplejidad aumenta por la existencia de dos memorias de la Dirección solicitando en junio de ese año al Ministerio de Cultura primero y, más tarde, a la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía en octubre la intervención de treinta y ocho obras por Amor Álvarez, Estrella Arcos, Carmen Molina y José Palacín con destino a su reinstalación museográfica tras las obras en el edifico. En la ilustración mencionada se aprecian algunas de las obras a exhibirse en la exposición temporal de 1983 y otras destinadas a la exposición permanente tras su reapertura, inclusas en distintos documentos tutelados en el museo, a excepción de Cristo servido por los ángeles, que no se consigna en ninguno de ellos.
 

Trabajos de restauración en el Museo de Málaga
© Bellas Artes’83 (Madrid, 1983, 19)

En consecuencia, su presencia en el Museo de Málaga creo no debe establecerse en torno a los procesos desamortizadores de los gobiernos burgueses ochocentistas, ni en las desastrosas secuelas del anticlericalismo en torno a 1931 o a la salvaguarda del tesoro artístico nacional enfrentado durante la contienda civil, sino de los intensos estados de ruina de algunas congregaciones religiosas provinciales durante los años setenta y ochenta del siglo pasado. Hipótesis que les presento con reservas, en la esperanza de que puedan aportarse nuevos datos documentales a la procedencia e ingreso de la obra entre las colecciones del Museo de Málaga. No obstante, creo puede afirmarse sin lugar a dudas por los motivos expuestos que debe proceder del exorno del refectorio de una congregación religiosa femenina provincial.  

Cristo servido por los ángeles durante su embalaje por Alcoarte para su traslado a almacén externo para el inicio de las 
obras de rehabilitación en la Aduana
© Del autor, 2008
 

Cristo servido por los ángeles almacenado antes de su exhibición en el almacén visitable del Museo de Málaga en la Aduana
© Del autor, 2015

A pesar de la evidente falta de pericia del autor o autores por el resultado ingenuo en la representación de las figuras, con una evidente desproporción de miembros en algunos de sus personajes o la fría solución geométrica adoptada para perspectivas que hubiesen requerido de mayor naturalismo, es de subrayar la complejidad iconográfica de su narración compositiva, combinando toda una serie de referencias generales junto a elementos particulares que nos actualice la escena en clave local, sin perder nunca la referencia universal del episodio evangélico. La primera impresión que el lienzo causa es sobre su inusual descentralización compositiva, donde el motivo principal se desplaza hacia su izquierda para dejar espacio a una escena secundaria a su diestra, que ocupa una mesa auxiliar donde el cuerpo seráfico sirve también a la madre del Redentor, una evidente exégesis no referida de sus fuentes evangélicas. La invitación a participar en el ágape celestial a María no creo responda a una intención menor en la concepción del lienzo, pues nos puede aportar una de las claves de lectura de la obra como realizada para el refectorio de una comunidad religiosa femenina, donde  la presencia aunque secundaria de la madre del Salvador, quien recibe en concentrada oración la bendición que sobre los alimentos a ingerir imparte su hijo, acerca la escena a las religiosas en su refectorio.

Esta escena inédita en las representaciones de Cristo en el desierto servido por los ángeles, sin embargo, se vincula más en su presentación con la tradición pictórica europea, donde se abre en perspectiva frente a la concentrada composición cristífera a un amplio paisaje urbano, tras la figura de María. Es una representación de Judea en grandioso lenguaje arquitectónico grecolatino, especialmente explícito en el banco pétreo sobre el que la Virgen se encuentra sentada, con altorrelieve clásico de amplia hojarasca. Ambos espacios con servicio de mesa se encuentran separados por una representación sucinta del Jordán, en cuyo torrente una pareja de palomas se encuentran refrescándose, posible alusión al amor divino que desciende sobre los hombres como representación del Espíritu Santo, presente ya sobre Jesucristo en su bautismo y que lo condujo al episodio de las tentaciones.


La Virgen en sacra conversación con un arcángel y servida por serafines, mientras dos palomas retozan en el torrente 
escueto del Jordán
© Del autor, 2019

Más compacto resulta el grupo centrado por la figura del Redentor, representado con amplio nimbo en torno a la ordenada cabellera que lo identifica, posando sobre el pan la siniestra mientras nos bendice en sereno gesto con la mano diestra en prefiguración eucarística. Frente a él se ordena frontalmente la mesa, que presenta un inusual perfil octogonal, en torno a la cual se organiza el servicio angelical, con tres arcángeles adolescentes que ofrecen directamente de comer y beber a Jesucristo, mientras un grupo de querubines revolotean sobre sus cabezas, perfumando con fragancias florales la escena. Más curioso resulta el grupo de los dos serafines que en primer término extraen de una canasta las rosquillas con que agasajar al Redentor, entre un conjunto floral de rosas y marchitas azucenas. 


Cristo servido por los ángeles
© Del autor, 2019

Es especialmente interesante este grupo por sus curiosos antecedentes, que nos da idea de una superior formación iconográfica del autor o autores en su concepción sobre una ejecución plástica tosca y poco lucida, pues no creemos mera coincidencia el empleo de un motivo que resulta tan anecdótico como singular. En este sentido, en el convento de frailes mínimos de La Santísima Trinidad de Baronissi (Italia) realizaron en 1681 Angelo Solimena (1619-1716) y su hijo Francesco (1657-1747) un fresco en medio punto sobre el ingreso a su refectorio, con la representación de Jesús servido por los Ángeles en el desierto. Sobre la cartela en que se data la pintura mural, se presenta una canastilla de pan con dos putti que participan del coro de servidores celestiales. Aunque la composición malagueña presente menor vínculo con la escena central, que incluye en el modelo italiano la interacción entre las figuras infantiles con el Redentor, el conjunto de ensimismados infantes concentrados en el contenido de la canasta debe ponerse en relación con el conocimiento de otros modelos europeos, como el presente.
 

Cristo servido por los ángeles en el desierto (1681). Angelo y Francesco Solimena, fresco de medio punto
Refectorio del convento de La Santísima Trinidad, Baronissi (Italia)



Los elementos hasta el momento analizados en la composición malagueña responden a los más universales en la representación del episodio evangélico, incluso aquellos que hemos presentado como singulares de tan curiosa obra. Ahora nos dedicaremos a los particulares, es decir a aquellos que componen sus bodegones y que, como en el caso de los ejemplos sevillanos, nos ofrecen numerosos datos sobre lo más genuinamente local en su ejecución. Mejor resueltos y ajustados en su representación, presentan una amplia panoplia de productos vegetales de la huerta malagueña con que se colman las bandejas de servicio de mesa, así como la cerámica que los acompaña, donde el autor o autores del Cristo servido por los ángeles han tomado sus modelos de la realidad circundante, actualizando y acercando la narración del episodio divino al menaje de mesa que en aquellos momentos se produjo o comercializó en Málaga, buscando una mayor empatía con el observador.  


Alcarraza representada y jarra de alcarraza aparecida en 1983 en Plaza de la Merced (Málaga)
© Del autor, 2019

La pieza más destacada quizá sea la jarra de agua fresca que le ofrece desde su izquierda al Salvador un ángel adolescente, una alcarraza de pasta blanquecina de composición calcárea y torneada por el alcarracero con paredes extremadamente finas, según descripción de Alfonso Pleguezuelo, que fueron muy empleadas en ejemplares no vidriados como medio idóneo de refrescar el agua. Su producción se extendió por toda la península hispana, destacando las malagueñas por su extremada elegancia. Como en el caso aquí presentado, una pieza exhumada en 1983 en la malagueña Plaza de la Merced, el Museo de Málaga tutela numerosas piezas con contexto arqueológico de estas alcarrazas de elegante diseño, como la que fue empleada como modelo para el ajuar de mesa en este lienzo, piezas muy de moda en los siglos XVI y XVII. Así mismo, la comercialización de la producción de otros alfares en Málaga, como la cerámica blanca y azul trianera o la granadina de fajalauza, también se emplearon como modelo en la escudilla que otro joven ángel ofrece al Redentor hacia su derecha, o el elegante salero que descansa sobre la mesa. 


Escudilla y salero de cerámica blanca y azul trianeras del siglo XVII representados en la obra
© Del autor, 2019

Estos detalles cerámicos tomados directamente del natural por los autores tenían como principal virtud conectar la narración del lienzo con sus espectadores, pues aunque no podamos atribuirles crípticos mensajes alegóricos, tampoco poseen una banal presencia en estas composiciones. En palabras de Alfonso Pleguezuela: […] formaban un grupo de especial atractivo no solo para la estimulada imaginación simbólica de la época sino para la sensual mirada de los espectadores barrocos, cautivados probablemente por el atractivo festín que tan humildes vasos ofrecían a casi todos los sentidos corporales (PLEGUEZUELA, Alfonso, 2000; 138).

A modo de conclusión, la obra que hoy presentamos posee una extraña singularidad entre los fondos exhibidos en el Museo de Málaga en su nueva museografía en el Palacio de la Aduana, exhibida sin contexto en su almacén visitable de planta baja y sobre la que ofrecemos este texto como propuesta de lectura. A pesar de las incógnitas aún por descifrar en torno a su procedencia e ingreso entre los fondos del museo, creo no ofrece dudas sobre su seguro destino para el exorno de un refectorio conventual de la provincia, muy posiblemente de una congregación femenina por la inclusión nada ortodoxa de la presencia en segundo plano del servicio angelical a María, y cuyo empleo de la cerámica que se produjo o comercializó en Málaga durante los siglos XVI y XVII en sus bodegones lo vincula con la escuela pictórica local de la segunda centuria, como creo puede deducirse del presente relato.  


Varios ejemplares de alcarrazas malagueñas del Museo de Málaga
© Del autor, 2014

Bibliografía:
BELTRÁN LLORIS, Miguel, Bellas Artes 83, Madrid, Ministerio de Cultura, Dirección General de Bellas Artes y Archivos, 1983.
LAFUENTE FERRARI, Enrique, “La vida de un tema iconográfico en la pintura andaluza”, Archivo Español de Arte y Arqueología 39 (1937), pp. 235-298.
LÓPEZ-VILLASEÑOR, Manuel, “El episodio de las tentaciones en San Marcos (1, 12-13)”, Estudios Bíblicos 19 (1960), pp. 49-73. 
NAVARRETE PRIETO, Benito y MARTÍNEZ LARA, Pedro Manuel, “Cristo servido por los ángeles de Pablo de Céspedes y los orígenes del primer naturalismo”, Reales Sitios 202 (2015), pp. 34-51.
PLEGUEZUELO, Alfonso, “Cerámicas para agua en el Barroco español: una primera aproximación desde la literatura y la pintura”, Ars Longa 9-10 (2000), pp. 123-138.



jueves, 12 de diciembre de 2019

En elogio de San Telmo


San Telmo [Málaga, 1980] de Luis Bono. Óleo sobre lienzo, 223,00 x 131,00 cm.  © Francisco Gutiérrez, fotógrafo.


La estrecha imbricación entre la institución museística estatal malacitana y la local Real Academia de Bellas Artes de San Telmo se vuelve a reeditar con su reunión en la renovada sede del viejo Palacio de la Aduana, crisol donde puede que germinen nuevas fortalezas como fruto de una benéfica alianza o, por el contrario, una existencia menos que simbiótica en el uso espacial de espaldas a las funciones sociales y culturales del museo donde se cobija. A pocos se les escapa que los académicos de número, de mérito o correspondientes por distintos lugares del mundo pueden ser cantera del profundo conocimiento sobre las colecciones y sus disciplinas científicas relacionadas, colaborando en el incremento de sus bienes culturales, la investigación sobre éstos y la tan necesaria difusión pública de sus contenidos. A ello, desde el entendimiento y experiencia de nuestro Departamento de Conservación e Investigación cercano a los tres lustros, es necesaria la inexcusable puesta en valor de los archivos documental y bibliográfico de una corporación con más de ciento sesenta años de historia, de tal vitalidad a la investigación histórico-artística en torno al patrimonio cultural malagueño como a la misma existencia del Museo Provincial de Bellas Artes de Málaga, del que se define tutor la magna corporación desde su formación, confundiéndose sus archivos hasta la década de los setenta del pasado siglo. No obstante, si no comprendemos la labor de sus integrantes como un sacerdocio desinteresado, sino como una prebenda con tintes de patente de corso para integrarse en una cofradía de notables, encapsulados en una obsoleta corporación decimonónica, puede que no solo evolucione hacia la indolente supervivencia sino hacia una razonable extinción. En esta reflexión se encierra a mi entender la percepción de una encrucijada en la relación venidera entre la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo y el Museo de Málaga, en esa deseable simbiosis de supervivencia o en el indeseable servilismo de la institución museística que, bajo mi modesto punto de vista y tras mis experiencias en Cádiz y Córdoba, pronosticaría su inevitable extinción, sujeta a una insignificante función social de unos secuestrados fondos documentales y bibliográficos y a una desconexión de tintes áulicos del patrimonio cultural e instituciones que prosaicamente lo tutelan, conservan y difunden. Refinado objeto inútil a una sociedad que evoluciona por otros derroteros. Es por ello que conminamos mediante este elogio al patronazgo de San Telmo, para que ilumine la senda que a partir de este año nos conduzca a puerto salvo. 


Casas Consistoriales de Málaga, dibujo y litografía de Francisco Pérez. El Guadalhorce, Málaga 1839-1840.  
 © Archivo Narciso Díaz de Escobar, Fundación UNICAJA.


El Real Decreto de 31 de octubre de 1849 aportó una nueva organización a las provinciales Academias de Bellas Artes españolas, en cuyo primer capítulo y artículo sobre su número incluyó una de estas corporaciones en Málaga, excluyendo en su artículo tercero a la malacitana de las consideradas de primera clase e integrándola entre aquéllas de inferior categoría. La organización de la corporación ocupó algunos meses, quedando definitivamente establecida en torno a la primera quincena del mes de mayo del siguiente año, en que el pintor Juan Trigueros y Romero, propuesto como Secretario General, diligencia su primer Libro de Actas de juntas generales y públicas, principal fuente de conocimiento de su historia. Un punto importante fue la obtención de locales donde albergar a la corporación y la Escuela de Bella Artes que se comprometía organizar, según traslado del Gobernador Provincial de una Real Orden de 20 de mayo por la que se instó a la formación de un presupuesto ajustado a estos fines, comisionando las gestiones con la Alcaldía a los académicos consiliario Salvador López y arquitectos Cirilo Salinas y José Trigueros para la cesión de uso del suprimido Colegio de San Telmo, ocupado hasta el momento por la próxima corporación municipal en su antigua ubicación. Se solicitaba disponer de espacio suficiente al empleo de una Sala de Reuniones, despacho para el secretario, un cuarto para el conserje y cinco aulas para impartir estudios menores a unos doscientos cincuenta alumnos.

La corporación municipal no presentó objeción a que se estableciese en su segundo piso infraestructura tan necesaria al ennoblecimiento de la ciudad, continuándose las gestiones hasta que en sesión de 13 de febrero de 1851 los señores académicos tramitan invitación al Gobernador Provincial para la inauguración de los locales destinados a la Escuela de Bellas Artes local, una vez seleccionado el plantel de profesores. Dos años más tarde, el Gobierno autorizó a la Real Academia de Bellas Artes elevar a documento público un contrato de arrendamiento sobre el edificio de San Telmo en dos mil reales anuales, hasta bien no se determinase la titularidad final del edificio expropiado, y al año siguiente su Obispo concedió a los académicos, profesores y alumnos de su Escuela el uso durante los oficios religiosos de las tribunas sobre la nave central de la Iglesia de San Telmo, hoy del Santo Cristo de la Salud.
 

Cúpula de la Iglesia del Santo Cristo de Málaga. @ Foto del autor, 2015.


Prolijo sería narrar las circunstancias vividas por la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, la Escuela de Bellas Artes y con posterioridad el Museo Provincial de Bellas Artes de Málaga en la ocupación del edificio de San Telmo desde su subasta pública en el segundo lustro de los años cincuenta del siglo XIX, hasta su traslado al Palacio de Buenavista en la década de los años sesenta de la siguiente centuria, interesándonos el inmueble exclusivamente en su indudable relación con el patronímico de nuestra corporación. Desde la constitución de las Reales Academias por los gobiernos ilustrados de la segunda mitad del siglo XVIII, éstas han contado con la advocación protectora de algún santa o santo patronos, sin que el dominio de la razón humana desterrase el profundo sentimiento católico nacional, seleccionados por una vinculación bastante circunstancial, como en los casos de la madrileña de San Fernando, la barcelonesa de San Jorge, la valenciana de San Carlos, la zaragozana de San Luis o la sevillana de Santa Isabel de Hungría. En el caso de la malacitana, la elección del santificado dominico Pedro González, más conocido como San Telmo, se vincula con su patronazgo sobre la navegación y sus marineros, quienes lo adoptaron por patrono del Real Colegio Náutico local y del edificio donde se instaló su escuela, tras la desamortización de los bienes jesuitas decretada con su expulsión durante el reinado de Carlos III. 



D. Luis Bono Hernández de Santaolalla.
En este sentido, los académicos comisionados en sucesivos encargos y acuerdos adoptados en otras tantas juntas cumplieron con el homenaje a sus benefactores terrenales y no con su patronazgo celestial, pasando a formar parte del exorno de sus locales todos aquellos retratos pictóricos o escultóricos de protagonistas de reinados, gobiernos y presidencias en la vida de la corporación académica, olvidando sistemáticamente a aquél que les procuraba su intercesión divina. Este proceder fue enmendado por Luis Bono Hernández de Santaolalla (Málaga, 1907-1997), recibido como académico de número por su sección de Pintura en la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo en diciembre de 1950, de tal proyección profesional y docente que compartió esta distinción con su incorporación en las Academias madrileña de San Fernando, como correspondiente por Málaga, y sevillana de Santa Isabel de Hungría. No es el momento de presentar una narración biográfica sobre el pintor malagueño, al que la academia dedicó un discreto homenaje en el Primer Centenario de su nacimiento, destacando el recuerdo de su compañero de corporación Julián Sesmero Ruiz en el año 2007, y que nosotros dejamos pendiente para mejor ocasión, sino el destacar el generoso gesto del pintor en justo desagravio para con su patrono San Telmo. 

Luis Bono se dedicó durante los sórdidos años de la posguerra a una renovadora práctica del arte religioso nacional tanto en su producción muralista, como el ejecutado para la Iglesia de San José de la barriada malagueña de Carranque en 1958, como en una dilatada faceta como diseñador gráfico de innovadores carteles para festividades y acontecimientos religiosos por todo el territorio nacional, y con cuyas producciones obtuvo numerosos galardones. De hecho, según expresó en 1980 el mismo artista en el catálogo de una exposición individual celebrada en la Galería Malacke de la capital malagueña:

Dentro de mi modestia, creé un estilo moderno y personalísimo que formó parte de ese movimiento artístico que iba unido a la idea de lo nuevo en publicidad y que supuso la entrada de nuevas concepciones, nuevas técnicas y nuevas expresiones. El afán por lo nuevo en el cartel (y en general con todo aquello relacionado con el arte publicitario) me impulsó a romper con la tradición y constituyó un estimulante incentivo para mis diseños y creaciones.

En este contexto de los nuevos lenguajes compositivos y de la asunción de tendencias plásticas de renovación trasladadas a su obra pictórica, que las nuevas propuestas permitían al soporte publicitario, es donde debemos encuadrar la ejecución del gran óleo sobre lienzo dedicado a San Telmo. Debemos sumar a este nuevo lenguaje moderno, en expresión del mismo Luis Bono, un personalísimo espíritu de acercamiento a los personajes y sus manifestaciones religiosas en la línea de una humanización de sus modelos y actitudes, una expresividad castiza y tremendamente terrenal como quizá manifiesta en su sencilla gestualidad una pequeña acuarela de mi colección, relacionada con su faceta de consumado miniaturista de fama nacional e internacional, de lo que puede ser expresivo su integración en la londinense Royal Society of Miniature Painters.


Personaje religioso. Acuarela sobre papel verjurado, 10,50 x 9,00. FirmadoLuis Bono", áng. inf. izdo. 

© Foto del autor, 2019. 
 


A San Telmo, personaje histórico español que acompañó en sus conquistas a Fernando III antes de su fallecimiento en el año 1242, tradicionalmente se le ha representado con el hábito blanco y negro de la orden dominica de la que formó parte, siendo sus atributos habituales una luminaria encendida, los conocidos como fuegos de San Telmo, así como una pequeña nave que porta en una de sus manos como señal de patronazgo sobre los navegantes. En algunas composiciones se representa al santo en primer plano recortado sobre un paisaje fluvial, donde destaca la presencia de un puente cuya construcción sobre el río Miño la tradición le atribuye en la localidad de Ribadavia, así como algunos peces en alusión a uno de los acontecimientos milagrosos imputables al santo en socorro de sus constructores, famélicos al no encontrar qué comer. Luis Bono adoptó una composición simplificada de San Telmo, menos estricta en los cánones tradicionales de su representación en beneficio de subrayar su patronazgo sobre la malacitana Real Academia de Bellas Artes, cuya monumentalidad la aporta el formato y tamaño del lienzo seleccionados en una mayestática simplicidad formal. La economía en los medios de composición, su severa frontalidad y el sincretismo en los medios plásticos empleados aportan a la imagen la inmediatez comprensiva de los mensajes publicitarios, de los que son expresivos sus carteles.

 

San Telmo de Luis Bono en el Museo de Málaga y San Mateo en la Iglesia del Santo Cristo de Málaga. 
© Fotos y composición del autor, 2019.

La figura del santo, con su característico hábito dominico, es representado por Bono ocupando el centro de una sencilla y escasamente profunda hornacina cerrada en su extremo superior por un austero arco de medio punto, de la que San Telmo cobrando vida inicia un lento descenso en dirección al espectador con gesto concentrado y ausente. Quizá la inspiración la encontrase en los sencillos espacios con hornacinas superpuestas en la nave central de la Iglesia del Santo Cristo, tan bien conocida por el autor, donde se recortan majestuosas en bulto redondo las figuras religiosas de ampulosos ropajes, que anima el empleo de la tradicional pose de indicar la flexión de una de sus piernas, necesaria al inicio de un paso. Como en las representaciones del Santo Cristo, Bono cree necesario identificar indudablemente al santo mediante el empleo de una alusión textual, consciente del abandono de los atributos más característicos al santo en su representación, por lo que aprovecha las jambas incisas en torno al arco superior para disponer su nombre. Es en este efectivo detalle donde mejor apreciamos la inspiración genial del diseño publicitario de Bono, empleando una tipografía que se adapta perfectamente al espacio triangular con base semiesférica en la moldura que recorre la curvatura del arco, destacando el encabalgamiento final de las letras en las palabras Santo y Telmo, para alcanzar una perfecta simetría entre dos palabras de cinco sílabas compactadas en cuatro, como magistralmente ha apuntado Rosario Camacho Martínez. 


Tipografía Santo y Telmo con encabalgado final en  San Telmo de Luis Bono, Museo de Málaga.
 © José Luis Gutiérrez.


 La rotunda corporeidad de San Pedro González del que, según testimonio de Alfonso Canales, Luis Bono fue un acérrimo defensor como San Telmo frente al postulante Obispo San Erasmo, martirizado en tiempos del emperador Diocleciano, produce duros efectos de sombras al recibir intensa iluminación desde el lateral derecho de la obra, subrayado por el fulgor de la llama de San Telmo que sostiene entre los dedos pulgar e índice de su diestra, una llama cercana a la representación náutica de una rosa de los vientos en alusión más dogmática con la iconografía habitual del santo, mientras que a modo de rosario lleva enganchada de la misma mano y muñeca una medalla de las usadas por los académicos, de grueso cordón en seda azul. En su siniestra sostiene un papel semienrollado, del que Bono deja entrever el extremo de la filigrana decorativa que enmarca los diplomas que se expiden en los nuevos nombramientos. Quizá se trate de una de las más bellas representaciones del santo patrono, que desciende de su hornacina hacia los presentes en la sala de sesiones a la que estuvo destinado para traerles la luz de la Sabiduría, el emblema del cuerpo social de la academia y sus documentos constitucionales. 

Sabemos, por acta de la sesión en junta ordinaria de 28 de noviembre de 1980 de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, que la obra fue donada generosamente por Luis Bono a la corporación, firmada por el autor ese mismo año y presentada públicamente en la exposición individual celebrada en esa fecha en la malagueña Galería Malacke, destinándose finalmente a presidir su salón de sesiones en el Palacio de Buenavista. Baltasar Peña Hinojosa agradeció tan honorable gesto en los siguientes términos:

Por último, la presidencia tiene palabras de agradecimiento y felicitación hacia el compañero don Luis Bono y Hernández de Santaolalla que ha donado a la Academia un cuadro de su mano del patrón San Telmo, que ocupará lugar destacado en el salón de sesiones. El numerario Sr. Atencia se recoja en una placa los detalles de título, autor, etc., y se opina que celebrándose el 14 de abril la festividad de San Telmo, es fecha propia para reunirse todos los académicos en lo sucesivo. Asimismo, se felicita al señor don Luis Bono y Hernández de Santaolalla por el éxito de su reciente exposición.

 

Acto de toma de posesión como académico de Ramón Areces el 16 de abril de 1986 en el Palacio de Buenavista, Museo de Málaga. 
© Diario Sur, 1986.  
 

Con tan excepcional donación, muy superior en empeño y calidad de ejecución a otros encargos realizados por la corporación a los pinceles de Luis Bono, el pintor saldó una deuda con su santo patrono por más de un siglo olvidada. En justa correspondencia con su gesto, el plantel de académicos se empeñó en consolidar una práctica que resultase habitual a la celebración de la festividad de su santo patrono, anunciando en sesión de 27 de marzo del siguiente año la celebración en la Iglesia del Santo Cristo de la Salud, tan afecta a la corporación por sus numerosos años de permanencia en el viejo edificio de San Telmo, de un oficio religioso en su nombre el 14 de abril próximo, al que estaban invitados todos sus integrantes. Creo que el empeño declarado en la década de los ochenta del pasado siglo por su presidencia en homenaje a su santo patrono no ha sido tan constante como se pretendiera, siendo uno de los objetos de esta entrada rendir un elogio de reconocimiento al patronazgo de San Telmo, que espero vuelva a presidir con su inspiradora luz su salón de sesiones, y gratitud por el gesto y el empeño cumplidos por Luis Bono en la corrección con su obra de una deuda contraída con su celestial patrono, que merece un vivo reconocimiento por sus actuales compañeros de corporación. 



Bibliografía: 

BONO Y HERNÁNDEZ DE SANTAOLALLA, Luis, Luis Bono [Catálogo exposición Galería Malacke, Málaga del 17 al 31 de octubre], Málaga, Galería Malacke, Paseo de Reding 29, 1980.

CAMACHO MARTÍNEZ, Rosario … [et. al.], Luis Bono (1907/1998) [Catálogo exposición, Sala de Exposiciones de Cajamar, Málaga del 7 al 18 de febrero de 2005], Málaga, Cajamar, Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, 2005.
FERNANDO ROIG, Juan, Iconografía de los santos, Barcelona, Ediciones Omega, 1950, p. 254, s.v. “Telmo”. 
PAZOS BERNAL, Mª Ángeles, Historia del Museo de Málaga: Fondos y Documentación, Málaga, 1982 [texto inédito mecanografiado]. 
PAZOS BERNAL, Mª Ángeles, La Academia de Bellas Artes de Málaga en el siglo XIX, Málaga, Bobastro, 1987.
PEÑA HINOJOSA, Baltasar, 20 pintores malagueños de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo de Málaga, (Artistas Plásticos 19), Granada, 1987, pp. 30-31.
SÁNCHEZ LÓPEZ, Juan Antonio, “Luis Bono Hernández de Santaolalla” en PÉREZ DEL CAMPO, Lorenzo (coord.), Semana Santa en Málaga, Tomo V, Patrimonio artístico de las Cofradías, Málaga, Arguval, 1990.
SESMERO RUIZ, Julián, “Primer centenario de Luis Bono“, Anuario de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo 7, Málaga, 2007, pp. 24-27.
SESMERO RUIZ, Julián, Diccionario de pintores, escultores y grabadores en Málaga, siglo XX. Málaga, Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, 2009, pp. 84-87.
VV.AA., Artistas plásticos de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo [Catálogo exposición, Sala de Exposiciones de Cajamar, Málaga, 1 al 30 de diciembre de 2011], Málaga, Cajamar, Real Academia de Bellas Artes de San Telmo, 2011, pp. 16-17.
 

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